Final

Dices que no lo sabes,que no lo recuerdas, que está todo borroso. Que el final no fue un día concreto porque el comienzo tampoco fue un día concreto. Mientes. Claro que sabes cuándo empezó aquello. Tu cuerpo como un reloj atómico grabando en sus sistemas todos absolutamente todos los detalles, incluso los más inapreciables, hasta los aparentemente irrelevantes. Su sonrisa casi infantil, ilusionada.

Te dijeron que te lo inventabas, que eran falsos recuerdos, que eras tú fantaseando con aquello. Exagerando. Fábulando. Luego, años después, apareció un vídeo que alguien había grabado. La secuencia entera desde el portal de enfrente. Alguien grabó esos 7 minutos y 23 segundos solo para darte la razón. Para recordarles a todos que mucho cuidado con tu cuerpo preciso como un reloj atómico. Y justo por eso atómico tuyo, también recuerdas perfectamente el final. Eras entonces, más que un reloj, una bomba atómica. Explotando. El cráter que creaste todavía sigue allí, intacto. Cláro que fue un día concreto. Un sábado de julio. Hace muchos años, ya. Hacía calor, llevabas demasiado escote, estabas morena, espectacularmente guapa. Aparentemente inofensiva. Harta de tantísimas tonterías sin sentido. Aburrida de la nada disfrazada. Detonaste la bomba sin inmutarte, sin decidirlo tampoco, como cuando rebosa un vaso de agua. Con esa calma de catástrofe avisada. Te quedaste a ver aquel desastre y saliste de allí sonriendo incendiaria, a una terraza donde alguien te sirvió un cóctel con sombrilla y bailaste hasta las tantas como si nada fuese a cambiar a partir de entonces.

Hay finales que son la única forma de mantener intactos los principios.